Ficción: general y literaria





Un libro entretenido y muy divertido. La historia de Rebecca, una

Dos hechos dolorosos — el suicidio del padre durante su

Dice Pitol que en unas vacaciones, solitario en una casa de campo, comenzó a escribir sus primeros cuentos. Debía de tener veintitrés o veinticuatro años. Pasaba allí la convalecencia de una ruptura amorosa, también la primera. Se proponía odiar al mundo, pero no lo conseguía. Por las mañanas escalaba las alturas de una cordillera donde se enclavaba su cabaña. En esos paseos intentaba rodearse de una aureola romántica, decadente, aun diabólica.
Buscaba los acantilados más escabrosos, los más peligrosos, pero al llegar allí cualquier tentación tanática se disolvía de inmediato; le venían a la mente los acantilados de Devon y un viaje a Inglaterra: recorrer las mismas calles que James, la Woolf, Waugh, el doctor Johnson, Dickens, y entre ese deseo de viajar y la contemplación de un maravilloso paisaje -los bosques, algunos arroyos, una lejana iglesia del siglo XVI parecida a una fortaleza, muy cercana a un pequeño hotel donde descansaba Stravinski cuando iba a México-, se adormecía largo rato en la hierba, para después descender de la montaña, llegar, radiante de alegría, a su casa, ponerse a leer a James, Kafka, Faulkner, Borges, Rulfo, Onetti (aún no llegaba Chéjov). Una noche escribió un cuento, el primero, «Victorio Ferri cuenta un cuento», incluido después en casi todas las antologías del cuento latinoamericano, y otros más, todos amargos y crueles, sobre personajes tocados por el diablo.
El aire de la montaña y la escritura nocturna desprendieron las toxinas malignas. Durante varios años escribió cuentos y luego novelas, y en los últimos años, libros donde varios géneros se entreveran con pericia e imaginación. Todo eso es el fruto de aquellos cuentos escritos hace casi cincuenta años.
Ahora, cuando Sergio Pitol se ha convertido en uno de los escritores latinoamericanos más imprescindibles de nuestro tiempo, ganador del Premio Juan Rulfo a la obra de una vida, nos complace presentar esta antología personal de sus mejores cuentos, encabezada por un extenso texto del gran escritor Enrique Vila-Matas.


EL DEBUT



Las extravagantes andanzas de unos personajes elegidos para la

«Ingeniosa, hilarante, provocativa.» The Independent
«Brillante, a veces



Sí, en efecto, Sergio Pitol ha vuelto a recorrer algunos de sus territorios que suponíamos había perdido. En esta aparición nos confía algunos trozos de sus diarios de viaje. Concretamente uno que va de Praga al Cáucaso, a Tiflis, la capital de Georgia, pasando por Moscú y por la ciudad que entonces se llamaba Leningrado, en un aparente despertar de primavera. Parece que la intención del autor consiste en describir con un lenguaje preciso, ático clásico, sus peripecias de viajero, hasta que, de pronto, se introduce en esa prosa gélida por fisuras invisibles, como por mero azar, una nota excéntrica, al inicio ligeramente, para después, casi de inmediato, fortalecerse sin saberse cómo, y transformar todo en un galope delirante, ebrio, enloquecido de escenas grotescas, de calamidades regocijantes, de un anárquico delirio que puede desconcertar a quienes desconocen el teatrum pitolorum, pero aún así regocijarlos ampliamente.
Los diarios están arropados de una substancia generada en la propia escritura. En ellos aparece, por todas partes, el sacro bosque literario ruso. Clásicos, románticos y simbolistas y vanguardistas aparecen en un magno desfile carente de cronología: Dostoievski, Tolstói, Pushkin, Pasternak, Bely, Pilniak, Shklovski, Lérmontov, Tsvietáieva y Ajmátova, Bulgákov, Nabokov, Bajtin y compulsivamente Gógol, y aún más el inmejorable Chéjov, el predilecto; el abigarrado altar que guarda las figuras que Pitol reverencia, pero también los recuerdos de otras varias estancias en aquel mundo, como agregado cultural, como turista, como estudioso y últimamente como invitado de los descendientes de Tolstói, y todavía más, de sus sueños demenciales, de la pasión por sus amigos, de sus perplejidades ante el laberinto del alma rusa (esa matrioshka sin fondo donde todo aparece y desaparece a la vez), de sus obsesiones escatológicas que le permitieron hacer en ese viaje el primer trazo de la que tal vez sea su mejor novela: Domar a la divina garza.
El viaje es uno de los ejemplos más radicales del desvanecimiento de una realidad en la literatura y también el más perfecto, elegante y divertido modelo de una magistral construcción narrativa.
«Lo que gobierna a El viaje es la voluntad de estilo: a Pitol no le interesa precisamente contar un paseo o reflexionar sobre unas lecturas o narrar algunas historias extravagantes, sino ensayar una prosa que le permita hacerlo todo al mismo tiempo. Lo que queda es una escritura larga y destilada, de respiración generosa, que recuerda a las páginas memorables del "Nocturno de Bujara", de Vals de Mefisto, uno de los mejores cuentos escritos por un mexicano durante el siglo pasado. Sergio Pitol no sólo es nuestro mejor narrador activo, también es el renovador más esforzado de nuestras letras. Toda una lección vital: el autor más joven y valiente de una literatura tiene casi setenta años» (Álvaro Enrigue, Letras Libres).

No han sido pocos los escritores que, junto a sus obras de ficción, han ido sacando a la luz sus







